A veces simplemente ahí no es, y ya está.
Reflexión para soltar el control y dejar que la vida nos lleve donde ella quiera.
A veces simplemente no se da.
A veces simplemente las cosas no suceden.
A veces, por mucho que nos esforcemos, no es nuestro camino ni nuestro lugar.
A veces nos empecinamos en querer que las cosas ocurran a nuestra manera, pero a veces la vida simplemente tiene otro plan.
A veces ese accidente que tuviste te hace replantearte las cosas y vivir de otra manera.
A veces, gracias a que te equivocaste, encontraste lo que anduviste buscando durante décadas.
A veces nos pasan bendiciones encubiertas vestidas de fracasos, de corazones rotos, de ilusiones perdidas… Y el universo (dios, la fuente de la creación, si es que hay algo más grande que nosotros capaz de contemplar el propio principio y el final del tiempo) nos acaricia suavemente y nos mira con amor, mientras lo maldecimos a consciencia por no habernos dejado tener aquello que tanto ansiábamos. Como un niño pequeño que se enfada con sus padres por no poder comer otra chuche más, cuando estos se lo prohiben porque saben que lo dañará.
Y con la tierna mirada de quien nos ama profundamente, nos susurra al oído en un vano intento de calmar nuestra angustia “algo mejor vendrá, te lo prometo”.
Pero no nos sirve. Nosotros queremos la chuche.
Y es que a veces simplemente no se da.
A veces simplemente no toca.
Y joder, como cuesta aceptar que la vida siempre sabe más.
A veces que te echaran del trabajo que tanta seguridad te daba se convierte en el puente perfecto que te lleva a encontrar la paz.
A veces esa relación que tanto querías es mejor que nunca suceda, porque aunque tú todavía no lo sepas te habría destrozado el corazón. Pero eso nos interesa.
A veces ese proyecto que te apasiona simplemente no funciona porque por ahí no es.
A veces esa persona que querías que fuera tu amiga no encaja contigo (y está bien).
A veces nos cegamos a nosotros mismos y nos empecinamos en ir en contra de la vida, creyendo que sabemos más, que somos más fuertes, más sabios, más grandes.
Y de nuevo el universo nos enseña cuál es nuestro lugar.
La vida está repleta de pequeños milagros de los que no nos damos ni cuenta hasta que no pasan los años y echamos la vista atrás.
Pero qué difícil resulta a veces dejarnos llevar sin controlar nuestro destino.
Sin querer dictaminar el cómo, el cuando, el dónde y el porqué de todo.
Hay tantas cosas que anhelamos y que jamás sucederán, que la idea de creer que tenemos algún tipo de control de nuestras vidas me parece un truco de magia de lo más gracioso. Como cuando le quitas la nariz a un niño y luego la haces desaparecer entre tus manos, mientras este te mira alucinado queriendo saber cómo lo has hecho (y por supuesto que le devuelvas su nariz).
Tan simple y a la vez tan mágico que a todos nos resulta imposible no creer en ello.
Pero a veces simplemente no es nuestro camino.
Y es mejor así, te lo aseguro.
Porque a veces, sí.
A veces sí se da como queremos.
A veces nuestro esfuerzo sí se ve recompensado.
A veces sí nos devuelven la entrega.
A veces sí nos aman como merecemos y deseamos.
A veces sí se ponen las cosas fáciles para nosotros.
A veces sí encontramos el camino y la vida nos ofrece miles de regalos.
A veces sí nos responden con la misma implicación.
A veces sí encontramos amistades y relaciones que nos abrazan el corazón.
A veces sí nos tratan con ternura y amor.
Y en ese momento entenderás porqué nada de lo que querías en el pasado sucedió.

