Cuando entran a tu vida personas que sí cumplen con tus necesidades de vínculo, todas aquellas que no lo hacían dejan de tener relevancia.
Consejos de hermana mayor que me hubiera gustado recibir a los 20
(musiquinchi para leer esta newsletter con calma)
Sé que el título es un poco largo, pero creo que va directo al grano. Y es una de esas frases obvias que de vez en cuando nos viene bien recordar para que el cerebro nos haga click y nos vayamos de dónde no nos sentimos plenamente a gusto o amadas.
“Cuando entran a tu vida personas que sí cumplen con tus estándares y tus necesidades de vínculo, todas aquellas que no lo hacían, de repente, dejan de tener relevancia.”
A veces lo que más duele no es el rechazo en sí, sino todo lo que lo acompaña. Todas las cosas que nos decimos a nosotras mismas sobre lo que significa ese rechazo. El hecho de que esa persona que tanto queremos no nos elija como nos gustaría, que no nos den el tipo de vínculo que necesitamos para sentiros completamente amadas, o peor aún, todas las veces que nos decimos que nuestro valor como seres vivos viene determinado por la preferencia personal de los demás.
Últimamente estoy en un período de mi vida en el que, tras pasar por varias crisis en el ámbito de las amistades, acabé dándome cuenta de que, muchas de ellas, aunque las quisiera muchísimo y sé que ellxs a mí también, no cumplían con mis necesidades de vínculo. Lo que inevitablemente, al final del día, me hacía albergar un sentimiento extraño y agridulce que me iba consumiendo poco a poco por dentro.
Un sentimiento que probablemente tú también conozcas si estás leyendo esta newsletter y te sientes identificada con el contenido que comparto en redes sociales. Por cierto, si aún no me sigues, aquí te dejo mi instagram por si te apetece acompañarme en mi aventura de “100 días disfrutando de la vida mientras estoy conscientemente abierta al amor sano”.
Esa punzada en el pecho tan fina como un alfiler, pero que se siente tan fuerte como un relámpago. Ese vacío que sientes cuando, a pesar de que haya amor (especialmente cuando hay amor), algo no acaba de encajar, no te sientes del todo a gusto o no se cumplen tus necesidades de vínculo.
Y duele, no por lo que implica en sí, sino porque sin darnos cuenta nos forzamos a quedarnos donde no es. Nuestro cuerpo nunca miente, pero a veces nos resulta difícil escuchar(nos). No porque no sepamos identificar nuestras emociones, sino porque mirar hacia adentro implica reconocer lo que uno siente realmente. Porque sabemos de sobra que el amor no lo es todo, ni lo puede todo. Para tener relaciones sanas también se necesita compatibilidad, sostén emocional, comunicación, afinidad de valores y muchas cosas más. Y si apartamos todas las capas de cariño que sentimos por esa persona, nos quedamos a solas con ese sentimiento angustioso que te dice que algo falta, que algo no va bien, y es momento de soltar.
Puede que llegados a este punto te haya venido alguien a la mente. Quizás una persona que te gusta, una ex-pareja, un amigo… No importa quien sea. Al final, la búsqueda incesante de tratar de entender porqué la otra persona no nos elige, no quiere quedar con nosotros, no viene a vernos, no nos escribe tan a menudo como nos gustaría, no nos ama como necesitamos y merecemos, no es más que una excusa de nuestro cerebro para tratar de protegernos de la realidad.
Que esa persona no cumple con nuestros estándares o nuestras necesidades de vínculo del momento. Y por mucho amor que haya, es momento de soltar.
Pero todo cambia cuando le damos la vuelta a las cosas. Dejamos de darle poder e importancia a las decisiones de los demás y empezamos a dárnoslo a nosotras mismas.
Vamos a poner en pausa todo esto un momentito. Me gustaría que a continuación visualizaras lo siguiente. Imagina que te vas a un restaurante super chulo, miras la carta y hay un montón de cosas para comer: ensalada, carne, pasta, pescado a la brasa, etc… A ti te encanta la pasta por lo que eliges un plato de tallarines al pesto riquísimos. A la persona que está sentada a tu lado, que es majísima por cierto, no le gusta tanto la pasta como a ti. Tú le dices que los tallarines de ese restaurante están de rechupete, que son la mejor elección, pero él/ella prefiere comer un pescadito fino a la brasa. Así que cuando viene el camarero, a pesar de todos tus esfuerzos por tratar de convencerla para que coma tallarines, él/ella pide pescado. Igual te estarás preguntando, ¿y qué tiene todo esto que ver con el tema de la newsletter? Espera, sigue leyendo y enseguida lo verás.
¿Verdad que en esa situación tú no te tomarías como un ataque personal las preferencias de la persona de al lado? Que la persona de al lado elija comer pescado no hace que los tallarines que tú quieres estén menos ricos o merezcan menos amor. ¿verdad? ¿Me sigues ahora?
Evidentemente nosotros no somos platos de comida, pero cuando se trata de las elecciones, los pensamientos o las decisiones de los demás, aunque nos veamos involucradas en ellas, deberíamos tomarlas como lo que son: una preferencia y nada más (que no determina ni de lejos nuestro valor). Del mismo modo que tú prefieres tallarines, otra persona puede preferir comer ensalada.
Aunque duela, aunque sintamos rechazo, aunque las preferencias de los demás nos toquen en lo más profundo y nos aireen esas heridas de abandono (o de falta de cariño) a las que no queremos mirar… al final solo son eso, preferencias y nada más.
Nuestra meta nunca debería ser intentar hacerle ver al otro lo ricos que están los tallarines y tratar de convencerlo para que se los coma (aunque no le acaben de gustar). Nuestro foco siempre debería estar en nosotras mismas y en tener claro que nuestras preferencias, estándares y necesidades de vínculo también son importantes. Y, por lo tanto, es fundamental aprender a dejar ir con amor a todas aquellas personas que no quieren compartir plato con nosotras. Porque sabemos de sobra que hay tantos gustos diferentes en este mundo como colores podemos contemplar. Del mismo modo, también hay muchísimas personas a las que, como a ti, les encantan los tallarines y se mueren de ganas de compartir su cena contigo (metafóricamente hablando, tu ya me entiendes 🥰).
Lo maravilloso de todo esto es que cuando dejamos ir con amor (aunque nos duela por todo el cariño que sentimos por esas personas, el afecto que les tenemos, las vivencias y los años compartidos), le estamos abriendo la puerta a todas aquellas personas que sí quieren comer tallarines con nosotras.
Quizás alejarte con amor de esos vínculos que no cumplen con tus necesidades o tus estándares hace que tengas que aprender a comer sola durante un tiempo. Pero te aseguro que cuando entren a tu vida todas esas personas que sí cumplen con tus estándares y tus necesidades de vínculo, de repente, todas aquellas que no lo hacían dejarán de tener tanta importancia.
Espero de corazón que te haya servido 🌷


