El fin de semana en el que me enamoré
Mi pequeño k-drama
¿Alguna vez has tenido muy claro que querías comer algo específico, muy concreto, y no importaba lo que te ofrecieran, si no era ese algo no te valía? Pues algo así es lo que me ha pasado.
Hace poco viví uno de los mejores (y al mismo tiempo peores) fines de semana de mi vida. Y como sé que te mola el salseo, y yo necesito terapia, pues te lo voy a contar porque aún no lo supero.
Long story short, (si has visto mis últimos reels ya sabrás que) conocí a un chico. No voy a decir que fue un hombre maravilloso, porque al principio no fue así. Idas y venidas, comunicación a medias, intermitencia, interés diluido… vamos, todo lo que ya sabemos que no hay que tolerar en una relación. Pero entre nosotros había muchísima química y como amigos nos llevábamos genial. Así que tras varias conversaciones incómodas acordamos pasar un fin de semana juntos, saciarnos al máximo, para después decirnos adiós y seguir cada uno por su lado.
Muy adulto todo.
Entonces llegó el fin de semana pactado. Y yo me derretí como flan de vainilla después de media hora fuera del refrigerador.
No sé si fue por puro interés o para compensarme por lo mal que se portó al principio, pero aquél chico idiota e inmaduro, de repente se convirtió en el hombre (casi) perfecto de un k-drama romántico. Me llenó de mimos, de caricias, de atenciones, de comprensión, de risas… Hizo conmigo todos y cada uno de los pequeños gestos de los k-dramas que tanto nos gustan a las mujeres. Abrirme todas las puertas como un caballero, estar pendiente de mí y de mis necesidades neurodivergentes, tener paciencia y comprensión con mis cambios de humor, darme siempre el primer bocado de cada plato, etc… Seguramente para él no fue nada más que un fin de semana. Pero para mí, fue una pequeña luna de miel en la que me enamoré irremediablemente de todo lo que vivimos.
Y al volver a mi casa, saciada de amor (y de buen sexo, no te voy a mentir), la perspectiva entera de las relaciones me cambió.
Creo que a veces seguimos eligiendo relaciones de mierda porque nuestro cerebro no ha conocido nada mejor y normalizamos ese tipo de trato. Aquél fin de semana, mi príncipe Coreano (así lo voy a llamar para mantenerlo en anónimo y porque tiene unos preciosos ojos rasgados), me mostró un amor que nunca antes había experimentado.
Un amor sano, dulce, delicado. Un amor que satisfizo casi todas mis necesidades en cuanto a las relaciones. Y claro, siendo así, ¿cómo iba a ser capaz ahora de aceptar otro tipo de trato hacia mí?
Me enamoré, perdida e irremediablemente.
Me enamoré de cómo me trató. De sus besos y sus caricias. Me enamoré de su calma y su comprensión. Me enamoré de la forma tan dulce que tenía de pedirme que le pusiera crema en la cara. Del momento de rutina skincare que tuvimos antes de dormir. De lo guapo que estaba con mi diadema. De las risas que compartimos. De las fotos que nos hicimos…
Me enamoré, no de él, sino del amor tan puro que me dio y de todo lo que vivimos.
Después de aquello, ¿cómo iba aceptar en mi vida un amor que esté por debajo de eso? Hacerlo significaría ir en contra de mi propio bienestar y auto-respeto. Me quiso tan bien, que no voy a volver a aceptar que nadie me trate por debajo de eso. A veces no nos damos cuenta de lo mal que nos han querido hasta que conocemos a una persona que nos quiere bonito. Y eso es lo que me pasó a mí con mi Coreansito (jaja).
¿Y qué pasó después? ¿Cómo sigue la historia?
Creo que ambos fuimos muy felices aquél fin de semana, pero al final no hubo declaración de amor eterno, ni un acto heroico pomposo para ganarse el corazón de la protagonista de la comedia romántica. Mal me pese, la vida real no funciona como en las películas. Solo fuimos dos adultos incompatibles y con valores muy distintos, que tras pasar un fin de semana mágico, repleto de ternura y amor, decidieron cumplir con lo acordado por el bienestar mutuo y seguir queriéndose como amigos, cada uno por su lado.
No fuimos novios. Ni siquiera llegamos a ser un rollo de verano. Pero aquél fin de semana me amó como nunca antes lo habían hecho (y no creo que sea capaz de superarlo). No todas las historias de amor tienen que durar años para tocarte el corazón. Y a mí, mi Coreansito me marcó.
Y ojalá que algún día vivas tú también una historia tan hermosa, y que la guardes para siempre en tu corazón. Ojalá que vivas una historia de película como la que viví yo, aunque solo sea por un fin de semana. Una historia tan hermosa que te suba los estándares como nunca antes lo habías hecho. Un amor sano, tierno, dulce, comprensivo, repleto de respeto, caricias, atenciones, calma, paz y muchísimos mimos.
Un amor tan puro y radiante que eclipse todo lo demás y se te olvide lo mal que te trataron en el pasado. Un amor bonito que recuerdes para siempre, como una prueba irrefutable de que te mereces lo mejor 💗



