El primer día de mi tercera vida
Cuando un ciclo acaba ya no hay vuelta atrás.
Quizás suena al título de una novela de ciencia ficción romántica, pero en realidad es un propósito personal. La primera vez que nací fue el 2 de Diciembre de 1991. No sabía qué cojones era todo esto de ser humano y a penas tuve derechos ni pude apreciar la vida hasta que nací por segunda vez, cuando me dieron el diagnóstico de Autista y Altas Capacidades. Mi vida cambió radicalmente y por primera vez entendí lo que significaba ser feliz.
A pesar de tener demasiadas ambiciones, siempre he sido una persona de mente sencilla. Me contentaba con ser feliz, vivir en calma, en paz y tener una vida tranquila. Poder despertarme por las mañanas sintiéndome agradecida por existir. Y eso lo logré cuando nací la segunda vez. Pero aún tenía peso muerto en la mochila. Ya sabes, esa mochila metafórica que todos llevamos desde que somos pequeños y que carga con todos nuestros traumas, patrones tóxicos, conductas dañinas, pero también con las cosas que hacemos bien y los buenos patrones que nos ayudan a crecer.
La famosa mochila es un mix de todo lo que cargamos con nosotros a lo largo de nuestras vidas, seamos conscientes de ello o no.
Lo bueno, lo malo, lo nutritivo, lo dañino, lo que nos ayuda a avanzar, lo que nos obstaculiza… y si no le echamos un vistazo a todo eso antes de continuar, sin querer cargaremos con un montón de peso innecesario que no nos dejará avanzar.
Este fin de semana volví a abrir mi mochila para hacer inventario. Revisé patrones de complacencia, micro-hábitos dañinos de los que no nos damos cuenta, etc... Y encontré algo muy hermoso que me hizo volver a nacer.
Tiré la comida que estaba podrida, la que había caducado también. Y al quitarlo todo y vaciar la mochila para poder limpiarla en profundidad, encontré algo que no había visto hasta el momento: un papel grande plegado sobre sí mismo en forma rectangular. Era el mapa de mi vida. Doblado y algo desgastado, aguardaba pacientemente el momento de ser observado.
Al abrirlo con cautela vi que en la parte de arriba ponía mi nombre, pero al mirar más abajo y observar las carreteras y las montañas, la ruta marcada no la reconocía.
Como un gps moderno, pude tocar el papel con mis dedos y como por arte de magia ir moviéndome a través del mapa. Seguí la ruta. Una línea azul que comenzaba muy sólida pero poco a poco se difuminaba. ¿Hacia dónde estoy yendo? No lo veía con claridad.
Al avanzar y seguir la línea, el camino se obstaculizaba. De repente la imagen no cargaba, se glitcheaba. Así que hice lo más inteligente cuando uno se pierde en la montaña, volver sobre tus pasos e ir hacia atrás.
Empecé a revisar la ruta desde el origen por si quien fuera que me hubiera colocado aquél mapa en la mochila se había equivocado de persona. Pero no. Allí estaba, mi pueblo, mi casa, mis amigos de la infancia, las experiencias nefastas y alegres que viví cuando era pequeña. Efectivamente era mi vida. Era el mapa de mi vida. Aquella ruta me correspondía a mí. Y, sin embargo, no veía hacia dónde iba.
¿Hacia dónde estoy yendo en la vida?
Pensaba que lo tenía claro, pero al ver aquél mapa, difuso, lleno de neblina, borroso, comprendí que había llegado el momento de abandonar todo lo conocido y volver a empezar.
¿Es esta la ruta que quiero seguir? ¿Es este el camino que me llevará a vivir la vida que realmente deseo?
Entonces, al decir aquellas palabras en voz alta, la superficie se empezó a mover. Momentáneamente las ilustraciones desparecieron, dejándome con tan solo un papel en blanco entre mis manos, con mi nombre anotado en el borde superior. A los pocos segundos, la imagen volvió. Como gotas de agua en un papel de acuarela, se fue completando y una nueva línea de color azul apareció.
Esta vez sí, firme y nítida, señalaba mi próximo destino con una claridad soberbia.
Entendí, por duro que fuera, que aunque los pasos que había tomado en el pasado me habían llevado hasta el presente, ya no me ayudarían a avanzar más. Tenía que hacer limpieza y cambiar de rumbo si quería continuar.
Ahí volví a nacer.
Y aunque te lo haya contado de forma muy poética, lo cierto es que la realidad no dista mucho de esta pequeña fantasía.
En aquél instante entendí que debía dejar atrás muchas conductas que todavía me frenaban. El miedo a no ser capaz de lograr lo que tanto anhelo. La tristeza de tener que hacerlo todo sola. La costumbre mal sana de fumar para lidiar con la ansiedad que todavía me generan ciertas situaciones o personas. Los pequeños espacios muertos en mi rutina que me hacen caer en la distimia. La procrastinación. La cobardía a enfrentarme a mí misma (y perder). El exceso de perfeccionismo, los pequeños resquicios de complacencia para evitar el conflicto, etc…
Un ciclo había terminado y ahora tocaba volver a empezar.
Aunque hacía tiempo que sabía dónde quería ir en la vida, nunca he sido una persona de voluntades férreas. Al contrario, ese concepto rígido que se tiene de la disciplina nunca ha sido un aliado para mí. Soy de los que dicen “mañana empiezo” y nunca lo hace. Me costó mucho tiempo volver a hacer deporte, ir a correr, retomar la bici y hacer yoga. Y pese a tener “el hábito hecho” aún hay muchísimas ocasiones en las que mi voluntad se desvanece y vuelvo a caer en lo cómodo. Pero esta vez fue distinto. Tenía una motivación mayor.
Al mirar de nuevo al mapa, con la nueva ruta marcada, deslicé mi dedo siguiendo la línea azul hacia el futuro. Y, ¿sabes lo que había al final del camino?
Vi uno de mis mayores sueños. Una casa amplia con jardín (o terraza), super bien iluminada, con muchísima luz natural y paredes blancas. En ella, la música de un tocadiscos sonaba de fondo mientras una familia feliz bailaba y cocinaba una especie de masa azucarada que luego utilizarían para hacer galletas o alguna tarta. El padre hacía bromas con la harina y la hija no paraba de reír mientras la madre los observaba con una sonrisa que le llenaba por completo la cara. Esa mujer era yo. Estaba feliz, repleta de gozo, de paz, de seguridad, de tranquilidad y de calma.
Qué lujo tan infravalorado es vivir en paz.
Mientras contemplaba aquella imagen tan hermosa eché la vista atrás y entendí por qué nada de lo vivido podía seguir existiendo si quería llegar a aquél momento.
Entendí porqué ninguna de mis parejas podía ser el hombre que vi en mi futuro. Entendí, que si quería llegar hasta allí, tenia que dejar de pensar en mí y en mis miedos y empezar a pensar en la persona que tanto quería ver sonreír.
Esa personita diminuta que estaba cocinando galletas junto con mi marido. La niña de mis ojos. Mi hija.
Entendí que todos mis patrones dañinos, todos los malos hábitos, todos mis miedos… se los pasaría a ella en cuanto viniera a este mundo, igual que hicieron mis antepasados conmigo. Y eso no lo podía permitir.
Me observé a mí misma en el presente, mi rutina, mis hábitos, mi forma de moverme por el mundo y me pregunté: ¿es esa la madre que quiero para mi hija?
¿Es esta la vida que quiero para mi hija? ¿Qué clase de vida quiero construir? ¿Qué clase de persona quiero que sea su padre?
Por mí aguanté diez mil males y tormentas. Por mí toleré lo intolerable. Toleré migajas, justifiqué malos tratos. Aguanté que me mintieran en innumerables ocasiones y pese a saber que me estaban mintiendo, me silencié y me quedé, esperando que la otra persona cambiara.
Pero por ella… por ella no pienso aguantar ni media.
Por ella voy a limpiar mi mochila y a quitar lo que ya no sirve, lo que desgasta, lo que nos hace mal.
Por ella voy a elegir a un hombre bueno que realmente nos quiera.
Por ella voy a ser fuerte y voy a seguir creciendo a pesar de la adversidad.
Por ella escribiré todas las historias que tanto me entusiasman y me llenan de felicidad.
Por ella es que ya no puedo volver atrás.
Para que tenga la madre sana que se merece.
Para que cuando llegue el momento de venir a este mundo, lo haga teniendo un hogar sano y una familia bondadosa que la ama y la respeta por encima de cualquier cosa.
Para que cuando venga a este mundo tenga el mejor de los padres. El más tierno y empático. Ese que le regalará flores y tendrá detalles con ella cuando no es su cumpleaños, para que sepa que el amor se elige todos los días del año. Y pondrá sus estándares bien altos para que jamás tenga que vivir relaciones reguleras, ni aceptar migajosos.
Por ella es por lo que ha llegado el momento de empezar de nuevo y cambiar.
¿Y tú?
¿Hacia dónde vas?


