La importancia de estar
Lunes, 13 de Enero
En el «Mundo del Ya» en el que vivimos a veces resulta una tarea titánica pararnos a apreciar el entorno o dedicar tiempo de calidad a quienes de verdad nos importan. Damos las relaciones por sentadas y avanzamos por la vida como si fuera una carrera de obstáculos en la que solo importan los logros materiales y el éxito laboral. Y es normal, nadie puede vivir del aire así que el trabajo, la carrera, el dinero… poco a poco se van convirtiendo en el centro de nuestra realidad.
El otro día por la mañana, a la hora de llevar a mis sobrinos al cole, mi sobrino pequeño (con su lenguaje propio de un niño de 3 años) me preguntó que si yo iría por la tarde a recogerlo. Por norma general son los yayos o sus padres quienes recogen a mis sobrinos y ese día tenía muchas cosas que hacer. Amablemente le dije que lo pensaría porque tenía mucho trabajo y no sabía si podría ir.
Llegaron las 16:30h de la tarde (hora de recoger a mis sobrinos) y yo necesitaba desesperadamente una siesta. Estaba agotada.
La verdad es que no me apetecía nada salir de casa, necesitaba descansar para poder seguir con mi trabajo. Encima era día de piscina, lo que implicaba todo un ritual tras recoger a mi sobrino. Empecé a dubitar y debatir conmigo misma «Puff… estoy agotada. Bah… seguro que ni se acuerda. Me lo habrá dicho en plan motivada mañanera, pero en cuanto vea a los yayos y la merienda seguro que se olvida de mí.» intentaba justificarme.
Pero entonces recordé. Me vinieron a la mente todas las veces en las que yo era pequeña y le decía a mi padre, a mi hermano o alguien que me hacía ilusión que me recogiera o que me llevara a tal sitio y siempre me daban excusas. Cómo aquellos adultos se refugiaban en el trabajo y los “me lo pensaré” se convertían en un no absoluto. Recordé cómo me decepcionaba cada vez que me ilusionaba por alguien y ese alguien no venía. Y cómo, a pesar de no decir nada en voz alta, aquello me dolía y se me quedaba grabado en el alma.
Así que hice “de tripas corazón”, mande a la mierda (un poco solo) el trabajo y me fui a recoger a mi sobrino. «¿Sabes qué? Yo voy a ir, si se acuerda, genial. Si no se acuerda, igualmente pasaré un buen rato con mi sobrino y crearemos recuerdos bonitos» me dije.
¿Adivinas lo que pasó cuando llegué a la puerta del colegio?
Efectivamente, mi sobrino se puso a gritar de alegría.
—¡¡Tía!! ¡¡Tía!! ¡¡Has venido!!
Estaba la mar de contento y feliz porque yo había ido a por él. No dejaba de saltar y corretear por todas partes. Nos pusimos a merendar y a jugar mientras salía su hermano mayor y después nos fuimos a la piscina. Al final pasamos una tarde muy divertida.
Esta pequeña historia puede sonar bastante obvia desde fuera. Quiero decir que quizás suena evidente que mi sobrino se iba alegrar al verme, pero suele pasar que en muchísimas ocasiones nos encontramos dejándonos llevar por el ajetreo del trabajo y el cansancio de la vida adulta. Dudamos de si a la otra persona le importará nuestra presencia, nos invade la inseguridad y acabamos dejando pasar todas esas pequeñas oportunidades que nos da la vida para conectar y estar para quienes de verdad nos importan. No solamente nuestros hijos o sobrinos, sino también nuestra pareja, amigos, familiares…
Esta newsletter es precisamente para hacer hincapié en la importancia de estar.
De escribir ese mensaje que quizás a ti te parezca super chorra pero que a la otra persona le va a llenar el corazón de alegría.
De dedicarle tiempo de calidad a tu pareja. Dejarle un post-it en la nevera con algún mensaje bonito o comprarle un detalle absurdo e ir a recogerla al trabajo solo porque sí.
De llamar a ese amigo porque hace tiempo que no habláis y le echas de menos.
Esta es tu señal para que pongas en pausa tu rutina, tu trabajo, tus “tengo ques” y dediques tiempo a las personas que amas. Haz el esfuerzo, porque es a través de esos pequeños detalles que creamos los recuerdos más hermosos. Te prometo que no te arrepentirás.
Gracias por haber compartido este momento.



