Nunca pensé que me gustaría tanto Valencia
Un observador en la ciudad
*música ambiente mientras lees la newsletter.
Nunca pensé que me gustaría tanto Valencia
Siempre he sido bastante reacia a pasar más tiempo del necesario en la ciudad, a pesar de que amo con locura la cultura.
Mi condición neurodivergente, gestionada a duras penas en el pasado, me ha llevado a aborrecer hasta el extremo el casco urbano. El exceso de ruidos constantes, gente por doquier invadiendo tu espacio, demasiados estímulos audiovisuales enlatados en pocos metros cuadrados reverberando sin cesar en mi mente. Además, he tenido la suerte de nacer y crecer en un pueblo, lo que siempre me ha proporcionado la paz que necesito. Amanecer sin tráfico con el sonido de los pájaros, vivir despacio, jugar entre huertos, los paseos por la playa, ir en bici por los caminos entre los arrozales, gente dándote los buenos días… Cosa que choca con el eterno ajetreo de la ciudad.
Pero últimamente algo ha cambiado.
Que sepa regularme cada vez mejor, por supuesto, es un factor importante. Pero más allá de eso, algo ha pasado. Quizás es que he llegado a un momento de mi vida en el que el pueblo se me queda pequeño. Es curioso como son las cosas. Lo que un día pensaba que sería mi destino: tener una casita con jardín en un lugar tranquilo; poco a poco ha ido transformándose en un ático de ciudad con vistas hacia el atardecer.
A pesar de que aún no tengo ni lo uno ni lo otro, estoy empezando a disfrutar muchísimo más de mis viajes al centro de la capital. Lo que antes me aterraba, ahora forma parte de mi normalidad. Busco un plan tranquilo, una exposición artística que me guste, alguna calle con arquitectura bonita, cojo mi cámara analógica, mi bloc de notas o mis acuarelas, me pongo música jazz con sonidos de lluvia de fondo y únicamente me dedico a pasear, observar y disfrutar de lo cotidiano de la humanidad. Y entonces toda la ciudad se convierte en el escenario de una película indie o Lala Land.
Mientras paseo por las calles de Valencia, observo a través del cristal a una pareja feliz cenando en un restaurante ambientado con luces tenues anaranjadas.
Cuatro calles más allá, dos señoras de mediana edad fumando en un banco. No hablan, parece que están cansadas y simplemente se acompañan. Sigo caminando.
A mi derecha, un hombre cenando solo en un sitio de comida rápida. Coge su teléfono, su cara se ilumina, su ceño se frunce pero no está enfadado.
Más adelante, un hombre mayor con bastón se detiene delante del semáforo con la mirada perdida.
Poco después, la empleada de un local fregando el suelo justo antes de cerrar. Está ensimismada en su trabajo, no se percata de que la observo.
Miro mi analógica y el sonido de una cuadrilla de amigos paseando alegres por la calle compartiendo anécdotas y vivencias me distrae.
Avanzo hasta encontrarme con una pareja de ancianos cogidos de la mano delante de un escaparate. Me resultan entrañables. Me paro a mirarlos con ternura un par de segundos desde el otro lado de la calle.
Sigo caminando al ritmo de la música. Lento, calmado. Y veo al camarero de un restaurante elegante sirviéndole algo con amabilidad a un caliente apoltronado en un sillón. Les saco una foto.
Después una pareja de jóvenes en su primera cita. Él le enseña sus brazos llenos de tatuajes mientras ella lo escucha con admiración.
Un par de metros delante, un chico le da comida caliente a unas personas sin hogar. Nadie les presta atención.
Y en mitad de todo eso me doy cuenta de que alguien me mira, confirmando mi presencia. Dejo de ser un espectador para convertirme en parte de la escena.
Sonrío.
Ahora el testigo pasa al siguiente observador, que desvía la mirada hacia el suelo, nervioso, y se inmiscuye en sus pensamientos. Como si el propio acto de ser visto percatándote de la presencia del otro implicara invadirlo, cruzar los límites de la privacidad.
Yo también lo creía así hasta que aprendí a conectar. De algún modo u otro, todos anhelamos ser vistos.
En el fondo nos encanta conectar, aunque no siempre sepamos muy bien cómo hacerlo o nos resulte incómodo al principio.
A veces, para empezar basta con perder el miedo a mirarnos mútuamente y dejar que lo demás surja de manera natural.



Es que València no s’ acaba mai 💛