Se me olvidó que me encantan los lunes
Llevo unas semanas que se me está atragantando todo un poco. Desde que volví de Barcelona (donde viajé por trabajo) siento que todavía no he recuperado mi rutina y mi normalidad.
Entre eso, el cambio de estación y el “me tapo que tengo frío” y a la media hora vuelvo a tener calor y ya no sé si dormir en bolas con el nórdico puesto o sin manta y con manga larga, etc... han venido varios lunes que se me han hecho un poco bola, la verdad.
Hasta que hoy he recordado algo basiquísimo que tenemos tan normalizado que se nos pasa por alto.
Si eres de esas personas que odia los lunes, déjame recordarte con todo el cariño del mundo que lo que odias no son los lunes, sino tu trabajo y el estilo de vida que llevas ahora mismo.
Sí, ya sé que algunos estaréis pensando “bah, menuda novedad, cuéntame algo que no sepa”. Pero hablar con propiedad es muy importante, porque nuestro lenguaje, hasta cierto punto, sí conforma la realidad que experimentamos. Mientras le echemos la culpa a los lunes, algo inamovible que va a venir sí o sí, nunca tomaremos responsabilidad sobre lo que sí que podemos cambiar: el trabajo, la perspectiva y el estilo de vida que estamos llevando.
Anoche, domingo, mientras intentaba hacerme el ánimo (con mucha resignación) de volver a lidiar con una semana más cuando lo que realmente me apetecía era convertirme en un burrito envuelto en 40 mantas y no socializar con nadie durante los próximos 7 días, recordé lo que te acabo de decir y se me iluminó la existencia.
No odio los lunes, odio el estilo de vida que he llevado estas semanas. Ese que no me ha permitido descansar todo lo que necesito y centrarme en lo que realmente importa en mi vida.
Al levantarme esta mañana, sin prisa, y desayunar, mis sobrinos (de 8 y 4 años) estaban a punto de llegar. Se abre la puerta y el sonido de sus vocecitas alegres por vernos resuenan en toda la casa. Entro en el comedor.
–¡Tía! ¡Tía! ¡¡Mira!!
Con ilusión sacan de una bolsa un par de escudos y espadas de madera que me enseñan con entusiasmo. Su nueva adquisición. Me dan una de sus espadas y nos ponemos a “luchar” un ratito antes de darles el desayuno. Para ellos soy una más aunque nos llevemos 30 años.
Llega el momento de ir al cole.
–¿Tú también bajas?– me pregunta Kai, el pequeño, con ojos tiernos.
–Sí, ¡corre! ¡Corre!
Le cojo de la mano, y nos vamos corriendo por las escaleras mientras Eneko, el mayor, nos lleva ventaja. Ya está casi dos pisos más abajo, pero Kai y yo no nos rendimos. Esto es una carrera.
Vienen los últimos escalones y damos un salto final para llegar abajo. Eneko ya había llegado. Ambos corren entre risas y se esconden detrás de la puerta que da a la calle.
–¡Corre Kai, que ya casi llegan los yayos!– dice Eneko, haciendo un gesto con la mano.
Mientras tanto mis padres (sus abuelos) van bajando por el ascensor. Al salir del ascensor mis padres se hacen los sorprendidos “¿dónde están los niños?” “aii, ¡se han ido ya al colegio! Esque sois muy lentos yayos! Jaja“– les digo. En ese momento mis sobrinos salen gritando de su escondite. Ríen, se divierten, y se van de camino al colegio.
Yo me quedo, me despido saludándoles con la mano mientras observo como se alejan y después me subo por las escaleras. Al llegar a casa recuerdo que tengo el mejor trabajo del mundo. Que soy autónoma y que me estoy dedicando a lo que yo he elegido. Crear historias, convertir la magia en realidad. Un trabajo que me permite explotar mi creatividad, en el mejor de los sentidos, sin prisa, sin límite de tiempo, sin tener que fichar, sin horarios, sin un jefe que me presione.
Aunque en el pasado yo misma fui ese jefe que me auto-presionaba y me exigía un exceso de producción, después de un par de hostias de la vida conseguí amar lo que hago y hacer lo que me gusta sin prisas y con muchísimo amor.
Enciendo el ordenador y recuerdo que puedo tomarme el tiempo de escribir esta newsletter. Me siento libre. Lo que me hace sonreír y recuerdo al instante que tengo una vida maravillosa.
Vale que hay muchísimas cosas que no tengo. Actualmente vivo con mis padres, no tengo casa propia y estoy ahorrando todo lo que puedo para comprarme una. No tengo coche propio, tampoco tengo marido, ni cobro una millonada por hacer lo que hago. Pero aún así siento que soy infinitamente rica.
Quizás sea el consuelo de los pobres. O quizás simplemente sea la experiencia de quien, tras haber pasado por muchísimas mierdas, ha aprendido a valorar los pequeños placeres y alegrías que nos brinda la vida diariamente.
Y tú, ¿odias los lunes o te encantan?
Gracias por leerme 💗
pd. llevo toda la semana en bucle escuchando esta canción. te la comparto porque es gratis, pero no te preocupes si no te gusta que yo no me ofendo por eso 🥰

